lunes, 4 de junio de 2007

Una vez presidente

Carlos Monsivais

El secreto de Vicente Fox, lo que lo sostiene como tópico o fuente de irritación agridulce, no se localiza en el propio Vicente Fox, sobre quien nada de lo que se diga ha de alterar la imagen del vacío presuntuoso y confuso. El secreto de Vicente Fox consiste, en lo básico, en la estructura política o en la caída de las estructuras políticas que lo conducen al poder, en la popularidad real que mantuvo en el sexenio (muy inferior a la alegada por las encuestas pero de cualquier modo inconcebiblemente alta para lo que él era y representaba), y en la piedad zumbona que suscitó en quienes debían estar más al tanto del análisis del discurso y que, sin embargo, justifi caron sus patanerías y las asumieron por un tiempo como “gracia ranchera”, para luego observar con candor paternalista su incapacidad de comprensión.

El secreto de Vicente Fox (la entidad que unifica a un miembro del Partido Acción Nacional, un católico devoto de la preteología, un individuo que nunca se enteró de México, de lo que era y en qué consistía) no radica en el abismo transparente con ese nombre, que prodiga despropósitos con el deseo de enmendar sus disparates, sino en la sociedad nacional que ante su comportamiento prefi rió alojar al personaje en un nicho de lo chistoso a pesar suyo, y de lo inepto “que ahi se va”, en vez de revisar el proceso que lo hizo desdichadamente posible. No se dio la autocrítica de los interesados realmente en la democracia, y esto explica por ejemplo el IFE catastrófi co de 2006.

••• Ya pocos (en este caso sinónimo de nadie) creen en Vicente Fox, y esos pocos no lo defienden con mínimo apasionamiento y más bien se enojan con las ilusiones gastadas: “¿Y qué esperaban? Un ranchero sin malicia en la silla presidencial debía actuar así, para distanciarse de la casta maldita del PRI”. Esta minoría tan precaria tampoco asume como suyo el nuevo “traje verbal” de Fox, el ocioso que anhela eternizar su presencia y que, en un rapto de sinceridad, en él indistinguible de una fiebre de mentiras, dice cosas como las siguientes: “Quisiera preguntar si al presidente Juárez le dicen ex presidente Juárez, o al presidente Madero le dicen ex presidente Madero, o al presidente Lázaro Cárdenas le dicen ex presidente Lázaro Cárdenas".

En México normalmente los presidentes huían del país con las bolsas de dinero a ir a esconderlo a bancos suizos o a algún otro lugar.

Ese no es el caso del 'presidente Fox
'.

El
'presidente Fox' está aquí, dando la cara, porque no tiene nada que ocultar y porque hemos actuado con transparencia y lo vamos a seguir haciendo.” ••• ¿En dónde comienza el desastre de la política en México? Entre otras cosas, en la anulación o el anegamiento de criterios básicos de la moral, de “reflejos condicionados” de la ética. Si de modo sistemático triunfan o se pasan por alto el cinismo, el culto a la impunidad, la desfachatez, el perdón olvidadizo de los grandes defraudadores, las campañas de odio contra la disidencia política, el saqueo de los recursos gubernamentales, la cadena de ecocidios, la destrucción de las redes sociales que el narco ha traído consigo, la política salarial de los empresarios y del gobierno federal, etcétera, etcétera, lo que resta de la vida pública ya no le permite ni le autoriza a la opinión pública una mirada crítica.

Tanto se ha aceptado o ignorado deliberadamente, se ha profundizado tanto en la resignación, tanto se ha olvidado nomás “porque no hay otra”, que parece no tener sentido el análisis de la estupidez y de las chusquerías disfrazadas de inocencia. El motivo del desgaste o la posposición del temperamento crítico es obvio: si no puedo darme por aludido del inmenso saqueo, ¿por qué he de fi jarme en los atropellos de la lógica y la sintaxis? Ya la sociedad se siente derrotada por la impunidad, ¿entonces para qué la indignación moral ante las pirámides de sandeces? “Se los critique por lo que se los critique, no van a devolver nada.” ••• A Fox le ha ido bien con su “pintoresquismo”, sin que él sepa por qué y sin que se entere de la naturaleza transitoria de la residencia presidencial de Los Pinos, no acepte que seis años son un límite de tiempo ni se dé por avisado del juicio hipercrítico que él y su gobierno merecen. Y allí radica una parte sustancial del secreto de Fox: como nunca se enteró de las diferencias entre el bien o el mal o, se la pongo más fácil, como jamás supo de las distancias entre lo que se debe hacer y lo que nomás no (desde la perspectiva de un Estado-nación o incluso de un Estado posnacional), se ha dedicado -acudo a sus palabras ideales- a fregar al que puede, al que no puede y al que se hace el disimulado. Escúchese al presidente forever anunciar la instalación de un centro académico en el rancho San Cristóbal: “Allá abajo (en una fosa) estará un edificio moderno, hundido nueve metros -de acero y vidrio-, con una réplica de la oficina de la Presidencia, de la sala de gabinete y de la biblioteca Vasconcelos.” ••• Así dicho, el proyecto de Fox dibuja una Disneyland on the Rocks o una parodia de una parodia de una parodia de Citizen Kane o -en teatro de cabaret- la búsqueda de la Canica Filosofal del Club de Alquimistas Chiras Pelas. De nuevo, pienso que lo verdaderamente real está en otra parte. Además de su malignidad simplona (“Me desquité de López Obrador”), de su proyecto de desafuero tan fallido, del dinero desaparecidito en su administración, de su fracaso en casi todo (el casi es para dar rienda suelta a la probabilística), Fox quiso -y esta fue una de sus pocas acciones deliberadas-, que se le tomara por “un niñote” y, aquí ya desaparece el propósito consciente, con esto consiguió aprovechar el infantilismo de una sociedad más bien a gusto con su propia y perenne puerilidad.

Este para mí es uno de los ejes de la increíble buena suerte del secreto de Fox: si los 10 o 12 años de edad son la edad analítica promedio de los convencidos de que la realidad es impensable e inmodificable, Fox y todos los detentadores de la vocación de impunidad ganan inevitablemente.

Él, con su júbilo “de manada de un solo búfalo” encarnó desde la Presidencia de la República a la minoría de edad en política, y esa convicción lo encerró en la burbuja del cuento de hadas tan costoso y ultrajante en la realidad.